domingo, 19 de abril de 2009

Jesucristo me sonrió desde una tostada

Ahora un bonus track, una historia que se escribió en una tarde y que aún le faltan un par de reescrituras.


La primera vez que le vio, estaba untándole mantequilla a su pan. Vio como aparecía mientras él, religiosamente, preparaba su desayuno. A medida que pasaba una y otra vez el cuchillo lleno de mantequilla veía como se formaba su contorno, como iban apareciendo cabellos y barba. Cuando tostó el pan vino la revelación que casi lo obligó a caer de rodillas, lo que antes creyó apenas una invención suya, producto del insomnio de la noche pasada, ahora era una realidad tan sólida como una cruz de madera. Lo que antes había sido una perfecta tajada de pan, igual a otras docenas que aguardaban en el paquete, se había trasformado en un perfecto retrato de Jesús de Nazaret, llamado comúnmente Jesucristo. En el centro de la tostada, dorada ligeramente gracias a la mantequilla, se veían con bastante claridad la frente con una corona de espinas, la nariz aguileña y los ojos con esa mirada suplicante tan propia de los mártires.

No supo si desayunar ese día, a ese instinto de supervivencia que es comer le ganó otro más grande que es el de la contemplación. Cuando salió a trabajar dejó la tostada en el interior de un reciente plástico, para evitar a los ratones y otros animales. El resto del día para él fue sólo una espera. Mientras juntaba expediente tras expediente sobre su escritorio, mientras el calor iba haciendo humedecer su camisa poco a poco, pensaba que tal vez había sido escogido por alguien más sabio y grande que él. Alguien grande, quizá muy gordo o con muchos ojos y brazos. Sabía que en cada lugar la misma divinidad tenía diversas formas y sólo esperaba que su visión de un dios fuera más que una tostada de pan llena de mantequilla. Siguió perdido en sí mismo hasta que la pila de papeles que tenía al frente se hizo insoportable. Tomó su maleta y salió del gran edificio gris y funcional donde estaban ubicadas las oficinas de su empresa. El trayecto hasta su casa fue sólo un suspiro, mientras recorría la ciudad en un bus articulado azul con aire acondicionado, que convenientemente lo separaba del clima de su ciudad natal, pensaba en su Jesús, en construirle un altar apropiado para adorarlo.

Ya en su casa corrió hasta el Jesús de la tostada. En ella todo seguía igual, como si el tiempo se hubiese detenido en esa polaroid de miga, y Jesucristo le dedicaba sólo a él una sonrisa de 2.000 años de antigüedad, una sonrisa llena de lo que se supone deben estar llenos los labios de un hijo de Dios. El resto de la noche la pasó construyéndole a su tostada un altar apropiado, pensando en como los fieles se agolparían frente a su puerta, deseando dedicarle una oración precisa al rostro de su salvador. Toda la noche construyó el altar mientras sentía lastima por todos esos rostros de Jesús que solían aparecer en aceras sucias o en húmedas paredes, todos iguales, todos suplicantes, todos milagrosos alumbrados por las velas que, a su alrededor, van depositando los fieles en busca de algún favor. Rostros de Jesús dibujados por el capricho del agua o por aceite que gotea de un carro made in Japan, que son adorados lo mismo, porque en todos Jesús te mira de cerca con esos ojos que son dos gotas de agua, que son dos marcas de aceite quemado.

Semanas después cerró las puertas de su trabajo y abrió las de su casa. El altar terminado dejaba ver a la tostada en todo su esplendor. El rostro de su Jesús suplicante era como ese que vendían afuera los rebuscadores. Un Jesús que se señalaba el pecho y en el pecho un corazón en llamas. Desde donde miraba su Jesús, desde lo alto donde las luces de los múltiples velones casi no lo alcanzaban, la sonrisa, los ojos, la corona de espinas y la barba se resguardaban de los ojos pecadores.

Con el tiempo los ratones y otros animales fueron royendo los bordes de la tostada. En las mañanas, él caminaba hasta el altar y sacudía el polvo y los restos de migas que se desprendían de su tostada. Habían pasado algunos meses desde que Jesús mostrara su rostro y este, ahora, ya no estaba en muy buen estado. Lo que antes había sido su pelo estaba cubierto de una capa verde grisácea que no podía ser otra cosa que moho comiéndose la corona de espinas. Lo ojos, siempre tristes, se habían convertido en otra cosa. La sonrisa, que creyó dedicada sólo a él, ahora no era más que una mueca de asco. En pocas horas llegarían cientos de fieles, que ya se habían trasformado en un ingreso económico más o menos rentable; en unos meses estarían en Semana Santa y su casa había sido incluida en un sin numero de guías como patrimonio espiritual de su ciudad. Buscó en la cocina y encontró pan tajado del mismo tamaño y espesor que el que contenía, estático, al rostro de Jesús. No se lo pensó mucho, tomó a Jesús y lo arrojó a la basura, luego tostó otro pan y, como si nada, remplazó al hijo de Dios con un vulgar trozo de pan. No sintió pena o temor alguno, más bien una especie de satisfacción, la que se siente cuando se está labrando el propio destino. Mañana volvería a tostar pan con mantequilla, de pronto, con algo de suerte Jesús volvería a dar la cara, en caso contrario lo dibujaría él mismo.

Nadie tendría porque enterarse.

2 comentarios:

diario dijo...

muy bueno, pero no apto para todo publico hay que terminarlo buen hombre

Diego Alejandro dijo...

pues la verdad muy bueno... narra algo muy común en este país del chontaduro y del Sagrado Corazón...

a propo: "El trayecto hasta su casa fue sólo un suspiro, mientras recorría la ciudad en un bus articulado azul con aire acondicionado, que convenientemente lo separaba del clima de su ciudad natal..." increíble como el MIO ha cambiado las prácticas de movilidad en la gente, hasta se sienten en la escritura