Y así como lo dijo la semana pasada, en la trigésima octava semana se vio una película que le gustó: Padre, madre, hermana, hermano, de Jim Jarmusch. Curioso que otra de las pocas películas que ha reseñado acá también sea suya. Así que sí, al parecer es uno de los directores que le gustan. O, al menos, uno de los que hace películas que le parecen dignas de reseñar. Las dos cosas pueden ser distintas, pero acá estamos.
Esta «reseña» se concentra en lo que todavía puede vislumbrar varios días después. Padre. Acá aparece un viejo conocido de Jarmusch: Tom Waits. Es el padre que se ha convertido en una preocupación para sus hijos. Les muestra una vida que suscita lástima, les hace creer que tiene problemas que necesitan resolverle. Pero lo vemos esconder cosas y mentirles. El dinero que recibe de su hijo termina por revelar lo que está haciendo, al menos para nosotros. Madre. Otra visita, otra casa, otras formas de ocultarse. Una madre con dinero recibe a sus hijas para tomar el té, como cada año. Una de ellas finge ser más de lo que es. Conversan, pero se dicen poco. Ya conocen las preguntas y quizá por eso también tienen listas las respuestas. Hermana, hermano. Dos gemelos cuyos padres murieron en un siniestro aéreo vuelven al apartamento donde crecieron. Recorren los pasos de sus padres y empiezan a vaciarlo. No hay una visita que repetir ni alguien a quien preguntarle qué pasó realmente. Quedan los objetos, los recuerdos que comparten y esa melancolía gigante de descubrir que toda una vida, todas las vidas, pueden terminar por caber en un depósito.
Y entonces sí: la repetición. Tres historias sobre lo que una familia sabe y lo que apenas cree saber de sí misma. En la primera, el padre actúa para sus hijos. En la segunda, madre e hijas actúan unas para otras. En la tercera, los padres ya no están. Los hermanos pueden mirar sus cosas, pero no hacerles una pregunta más. Ahí la película que parecía repetirse cambia de golpe. O no.

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