Escribirá entonces, la próxima vez, sobre este juego y sobre lo que lo hizo sentir.
PD: El juego se llama Mixtape.
Escribirá entonces, la próxima vez, sobre este juego y sobre lo que lo hizo sentir.
PD: El juego se llama Mixtape.
Y hoy se acaba la Semana Santa. Pensaba descansar, escribir algo de lo que había amenazado en el post anterior. Que la vida fluyera y todo eso. No se pudo. No puede. Preocupaciones que no estaban en el horizonte de sucesos ocurrieron. Quizá ahora, mientras escribe acá, está un poco menos preocupado pero ya es tarde, no hay tiempo. Trabaja en la mañana aunque, por lo menos, no debe salir a la oficina. ¿Algo bueno en estos días de descanso? Se vio Project Hail Mary (que por estos lares se llama Proyecto Salvación...) y le gustó mucho. Como a todos. Es un lugar común pero también reconforta. Una película con amistades y subidas y bajadas. Con un héroe que lo es pese a sí mismo, a su cobardía inicial y que arriesga todo y más. Hace un montón no veía una peli así, que le gustara de esa forma. El cine de ciencia ficción, de ese estilo de ciencia ficción sigue siendo de sus favoritos aunque el género número uno indiscutido seguirá siendo el coming of age pero no necesariamente de personas jóvenes creciendo porque esa madurez y ese aprendizaje puede llegar a cualquier edad. Y eso, sí, es a lo único que podemos aspirar. A crecer como personas.
Esta semana tampoco es que quiera escribir mucho. Lo hará, sí, para que no quede tan escueto como la semana pasada. Escribir cada domingo puede ser algo motivador pero también frustrante. Queda para última hora para la dark night of the soul y esas cosas. Hace un recuento: la semana que pasó y que hoy termina fue difícil. Terminó informes, expuso temas. Empezó varios libros al mismo tiempo, como suele hacer. Otra vez leyó a Fernando Molano, esta vez con Un beso de Dick. Otra vez dice que ojalá todo el mundo pudiera leer a Fernando Molano. Se viene Semana Santa y tiene planes. No de salir a pasear, como hace la gente en esas fecha, sino de escribir. Tiene la idea para dos cuentos. Una de ellas se le ocurrió en Cuba el año pasado luego de que la persona que los llevaba de un lado a otro (a El Caleño y a su esposa A) les contara la historia de su matrimonio. La otra se le ocurrió esta semana cuando iba saliendo a trabajar. Nada más banal. Eso, al menos una se leerá la próxima semana.

Imagen del libro Fachadas bogotanas de Lizeth León.
Esta semana leyó mucho, El Caleño. Se terminó el libro de Miranda July, A cuatro patas. El que empezó en la jornada de lectura silenciosa. Pese a ser muy Miranda July, no le gustó. Quizá estaba muy orientado a un tipo de público específico, quizá. Tal vez la idea era otra y no la supo agarrar al vuelo, tal vez. Sin embargo, por ella y por su obra, terminó la lectura. Le dio un 4/10. Empezó a leer también El amanecer de todo, que se lo regaló A en Navidad. Además empezó, en su pausas de trabajo, a leer Fachadas bogotanas de Lizeth León que es, probablemente un recorrido urbano por la memoria. Por la ciudad que vivimos y que nos hace lo que somos en su geografía.
Entonces, sintiendo esa evocación que causa en uno mismo la lectura, El Caleño recordó hogares y paisajes en su natal Cali. Las diferentes casas que habitó cuando pequeño. Tres de ellas en El Diamante, en el distrito de Aguablanca. De su recuerdo surge la habitación en la casa de James y luego otra habitación en una casa de ladrillo rústico a pocas cuadras, con un árbol de almendro amargo con hojas que le parecían gigantescas cuando él era muy pequeño. Luego la casa que fue por muchos años su casa, su único hogar. En la carrera 29B con calle 41. Un árbol de acacia en el antejardín, pintura blanca y ventanas azul claro. Un árbol de mango en el patio que daba cosecha de cuando en cuando. Un montón de espacio para jugar rayuela y todo lo que se nos ocurriera. El olor a maíz recién cocido y él sentado junto a su mamá, moliendo y haciendo arepas. Luego otra casa, otro hogar. Villa del lago. Donde aún viven sus padres. Reja color café, paredes color crema. Techo de teja, cielo raso de madera. Bachillerato y universidad, los pasajes estrechos por los que regresaba en la noche. Por los que salía a primera hora de la mañana a la Simón Bolívar a tomar el Pance 4, el Crema y Rojo 3. Todo eso hace una vida, completa. Luego, sí. Su independencia. Santa Mónica Residencial. Ya no una casa, una fachada para él y los suyos. No. Un apartamento. Un único rostro para muchas familias, para muchas personas. Su rincón de soltero, con cama en la sala y una hamaca atravesada. Luego vivir con A en otro apartamento del mismo lugar. Este con patio y un mandarino que daba sombra y frutas. Un par de años después otro hogar, en la misma cuadra en la que vivían. Pequeño, sí, pero su hogar por seis años. Con un guayacán frente a sus ventanas que explotaba cada tanto en flores amarillas. La imagen de Cali que siempre llevará en su corazón. Luego otro, uno más, pero en otra ciudad. En donde, dos años después de mudarse, escribe con un sietecueros en su terraza.
| El guayacán de Santa Mónica residencial. |