lunes, 31 de mayo de 2010

Discovery – Daft Punk

Disclaimer: El siguiente post, subido a petición de N (porque habla de ella), fue escrito originalmente para ella y una página especializada en música en la que colaboraba en la ya lejana fecha de enero de 2007. Lo subo sin releer, por temor a hacerle muchos cambios, han pasado más de tres años y, pues, el estilo cambia.

Lo más curioso de este post que aparentemente debe hablar del álbum Discovery de Daft Punk es que en realidad no va a hablar de él, o al menos no en su totalidad. El viernes, después de dos años y medio terminé de tajo con la relación que me unía a mi novia. Las razones para esa ruptura me las enumeré miles de veces la semana pasada hasta que todo desembocó en esa noche donde dije lo que le tenía que decir, lo que le había callado por meses. Ahora escribo esto a manera de catarsis, como una forma de olvidarla recordando una de las cosas que me hizo quererla como no me hubiera imaginado nunca.

Los pormenores de la ruptura y la culpa subsiguiente que me ayudan a escribir esto los voy a obviar, lo que si debo decir es sobre lo que en realidad voy escribir. Digital Love, tercer corte de este álbum.

A veces cuando uno esta joven, muy joven la verdad, en su barrio siempre hay una niña más linda que las demás, “La niña más linda del barrio” le dicen con toda razón. Mi ella era la niña más linda del barrio, toda la adolescencia fui su amigo e incluso me presentó a una de mis ex novias. Luego, ya un poco más grandes, inexplicablemente el estudio nos unió aún cuando estudiábamos en diferentes universidades carreras diametralmente opuestas. Nos acercamos peligrosamente hasta que sin estar totalmente seguro le dije que de mi lado el sol brillaba más y el pasto era más verde, ella pasó por alto ese acto de cursilería y me dijo que tenía que probar lo que yo le decía. Así lo hizo. Mientras ella me decía “te amo como no te imaginás” yo no pasaba del simple “me gustas mucho”, al menos así lo fue hasta una noche de fiesta.

Fue un viernes en Cali, al norte de la ciudad, una de las amiguitas de mi ella cumplía veintiún años. La fiesta fue pequeña, sólo algunas amigas y los novios de ellas. Ese día yo no quería ir con ella, me aburría escuchar una y otra vez la electrónica discotequera que a todas ellas les gustaba, me dijo “vení conmigo, para que te vas a quedar solo en tu casa. Caminá y la pasamos rico, mirá que Vale se va a poner triste si vos no vas”, me dejé convencer sabiendo que Vale no notaría mi ausencia. Entramos a la casa, saludamos a todas las niñas y mi ella desapareció con otras dos nenas. Me quedé sólo y atrapado en medio de una interesante conversación de dos ingenieros industriales aunque, pensándolo bien, siendo la fiesta de ingenieros industriales, no era el peor lugar para un comunicador social, al menos tenía al alcance el licor y la cerveza.

En fin, el tedio…

Entonces ocurrió, y esta es la razón del post, comenzó a sonar Digital Love, vi que una nena se besaba con su novio quien había puesto la canción y luego miré hacia la puerta de uno de los cuartos de la casa y allí estaba mi Natilla recostada junto al marco con una cerveza en sus manos. Miraba hacia el piso, pero yo la veía cantar mientras bebía de la botella.

Last night I had a dream about you
In this dream I'm dancing right beside you
And it looked like everyone was having fun
the kind of feeling I've waited so long

Don't stop come a little closer
As we jam the rythm gets stronger
There's nothing wrong with just a little little fun
We were dancing all night long

Sólo atinaba a mirarla, a ver en ella todo lo que podríamos ser juntos. Ver en esos gestos las futuras peleas, las caricias, los abrazos, las sonrisas, los guiños, los cejos fruncidos, las lagrimas (y como las hubo), los besos y sobretodo la felicidad que me haría sentir. Después, esta canción nos acompañó muchas veces, siempre se la cantaba al oído, mientras ella bailaba con los ojos cerrados.

The time is right to put my arms around you
You're feeling right
You wrap your arms around too
But suddenly I feel the shining sun
Before I knew it this dream was all gone

Ooh I don't know what to do
About this dream and you
I wish this dream comes true

Ooh I don't know what to do
About this dream and you
We'll make this dream come true

En ese momento me levanté, deje mi cerveza en la mesa más cercana. Caminé hasta ella que aún no me había visto y que se movía al ritmo de la canción. Toqué su rostro y mirándola a los ojos le dije por primera vez que la amaba con todo el corazón, “te amo como no te imaginás”, nos besamos y ella repitió, esta vez no lo cantó, We'll make this dream come true.

Moraleja: Como dice Daft Punk al final de la canción Why don't you play the game?



domingo, 30 de mayo de 2010

Decimonoveno día

Acaba de votar, El Caleño. No es difícil saber por quien votó, sólo hay que ver la imagen que acompaña el post, mirar el cabezote del blog, sólo hay que conocerlo un poco y seguir leyendo. A veces es complicado creer en este país donde la impunidad y la corrupción son cosas de todos los días, donde los familiares de los políticos están aliados con las mafias y son defendidos por el Estado, donde sólo se castiga al débil, donde los contratistas no ejecutan obras pero cobran puntualmente. Es imposible creer en un país donde desde el Estado se ordenan persecuciones a la oposición, donde se hostiga a la Justicia desde el Palacio Presidencial, donde un Presidente cambió la constitución a su gusto para quedarse cuatro años más en el poder, donde jóvenes son asesinados por el Ejército para mostrar resultados militares y todo es camuflado bajo el trágico eufemismo de Falsos positivos, crímenes cometidos bajo el mando de un ministro de Defensa que ahora quiere ser presidente para continuar manejando a todo un país como si fuera su propio feudo. Un ex ministro, ahora candidato, cuya familia es dueña del periódico más importante de Colombia, que licita ahora por un canal de televisión, que afirmó que si es elegido presidente va a ser él quien nombre al próximo Fiscal, buscado impunidad para él y sus cómplices.

Cuando es imposible creer en un país se busca la esperanza. Esa bocanada de aire para respirar luego de ocho años con la nariz tapada, porque el país y la política hieden, es Antanas Mockus. El candidato del partido Verde es la esperanza de que Colombia puede ser mejor, que el Estado se va a manejar desde la Ley y no desde los caprichos de un dictador disfrazado de demócrata. Mockus es garantía de transparencia, Mockus es lo mejor de nosotros.


sábado, 22 de mayo de 2010

Decimoctavo día

A veces pasa. A veces nos pasa, le pasa a El Caleño, que se marcan fechas y se construye todo alrededor de ellas. Esas fechas, que antes apenas eran visibles en el horizonte de su vida, de a poco se van haciendo tangibles y se ven ondear entonces muy de cerca como una bandera negra y pirata. Y nos aterroriza, claro, como a un pueblo junto al mar caribe en el siglo XVII, porque se está tan bien frente al océano y esa bandera lo cambia todo, la estabilidad, los pocos doblones de oro bajo la cama, la vecina que sonríe desde el otro lado de la plaza. No se puede hacer nada para escapar porque fuiste vos, El Caleño, quien se ha empeñado en crearse esa obligación, esa inmanencia de barco pirata frente a su playa. Ayer, en un programa de Telepacífico escuchaba a PP hablar sobre su corto y decir que en ocasiones se alcanza cierta estabilidad, cierto valle, y se cree que todo está bien así y no se hace nada para mejorar hasta que las cosas empiezan a ir mal y ya no se puede hacer nada porque todos los aviones han despegado ya, todos los trenes han partido ya, etcétera etcétera. Entonces El Caleño, que ha disfrutado de su playa por algún tiempo, que se ha acostumbrado a ver la puesta de sol en el mar por lo que ya no le parece tan hermosa, ve como se acerca la fecha que tanto ha esperado y se siente un poco mal de abandonar su estéril estabilidad para cambiarla por esa bandera negra con tibias cruzadas y calavera que era su postgrado en el sur.

Era, sí, porque eso es lo malo de las fechas marcadas con tanta anticipación, nunca se sabe que va a pasar en el camino, cuantas veces se va a venir abajo el mástil y va a convertir todo en un esfuerzo inútil. Ya no le queda playa, ni tampoco doblones bajo la cama. Ya no queda para él esa sonrisa de mujer bonita desde el otro lado de la plaza, ya no hay barco, ni bandera negra. No hay fechas pero si un vacío en el estomago, labios secos, malestar general, una balsa de madera con la que El Caleño busca asirse del mundo mientras anda a la deriva, mar abierto.


lunes, 17 de mayo de 2010

Decimoséptimo día

Días difíciles para El Caleño, semana complicada, problemas de último momento que lo cambian todo. Un viaje largamente esperado que se aplaza indefinidamente (entonces ya no podrá huir del país si gana Santos ni anhelar volver si gana Mockus) y complicaciones en la salud de un miembro de su familia, pero debería haberlo esperado porque a El Caleño no le pasa algo bueno sin que también dos cosas malas le sucedan, es norma y ley. Por cada don dos perdidas, por cada gol dos patadas, por cada canción de Juana Molina dos vallenatos de Diomedes.

A veces cree que es fácil abstraerse de eso y, entonces, El Caleño visita en un sábado caluroso a AB y se ven El secreto de sus ojos y más tarde ella tiene que irse al toque de Sargento García, pero a él no le gusta mucho eso y se despiden. Luego, huyéndole al calor, El Caleño se marcha en un bus grande azul y climatizado hacia su casa pero antes llama a SO y entonces un largo viaje al norte, unas cervezas con él y con CB. Pero no, cuando llega ellos también quiere ir a Sargento García y después de ese largo viaje la voluntad le ha disminuido un poco a El Caleño y otra vez ve desvanecerse la ciudad a través de ventanas amplias de un bus grande, azul y convenientemente climatizado. Ya en el lugar El Caleño se reencuentra con AB y es gracioso volverse a ver cuando él había dicho que al toque no iba y todo eso, pero estando allí al frente se le van las ganas y se siente incomodo, porque hace mucho calor y él tiene pocos cigarrillos. El Sargento empieza a tocar y cantar y a mezclar, a hacer todo lo que supuestamente lo hace famoso y El Caleño se aburre, AB baila y SO baila y CB baila, la demás gente que apenas conoce baila y él, El Caleño, ve que todo eso no está acorde con lo que siente en ese momento y sale, se sienta en el andén para fumarse, casi como una excusa para quedarse afuera, cada uno de sus cigarrillos. Y allí, en la acera, espera que todo se acabe, que salga AB y se puedan ir al fin, por que él le ha prometido a ella que se van ir juntos y El Caleño siempre cumple su palabra. Lo único bueno es que todo no podrá ir mal por siempre, ¿o sí?

domingo, 9 de mayo de 2010

Decimosexto día (helado)

Un compromiso que se había aplazado por semanas. Cada vez que una fecha era marcada en una agenda, por ella o por él, aparecían reuniones de última hora, malentendidos e incomunicaciones. Una vez ella lo esperó y él no sabía que debía ir, otra vez él la llamó y ella estaba dormida. Los desencuentros parecían la única constante hasta que, al fin, se devolvieron llamadas y mensajes de texto, marcaron entonces esa nueva fecha en la agenda con tinta indeleble. Él debía recorrer la ciudad para encontrarse con ella, buscarla en el calor de un atardecer que después se convertiría en una noche templada aunque sin estrellas. Una vez más la relatividad del tiempo puesta a prueba en esa capsula llamada estación del MÍO, con luminosos letreros que prometen destinos en pocos minutos, buses que nunca llegan a tiempo mientras una luz advierte que faltan dos minutos solamente. Siempre.

La promesa había sido un helado, pero más que el helado la promesa era ese tiempo. Una pausa, un banco de parque en medio de una maratón, la sombra de un árbol en una pradera. Sentarse a descansar, conciliar un poco sus ritmos que son muy diferentes; cuando ella corre, él camina y cuando ella mira el paisaje, él tiene los ojos cerrados. Ese tiempo del que por un momento huían hizo que se encontraran, dos helados frente a ellos se derretían mientras hablaban de la ola verde y de cartas escritas con lápiz, mientras ella le contaba de auténticos viajes en el tiempo y él decía cosas sobre la gran responsabilidad que se adquiere al ganar horas extras en la vida. Después una cerveza y un cigarrillo, una mesa, él frente a ella, noche sin estrellas pero todas en sus ojos, día nublado sin lluvia, viaje entre nubes, barco de papel, humo de tabaco, regresos y despedidas.

Después él se marchó, para recorrer de nuevo toda una ciudad, sintiéndose un poco más feliz y un poco más triste como en el libro de Nicole Krauss, sin darse explicaciones y sin buscarlas tampoco, todavía.

jueves, 6 de mayo de 2010

Decimoquinto día

Pocas cosas más terribles hay en el mundo, casi al nivel de un gol en contra en el último minuto de una final de Copa Libertadores o UCL, que un reproductor mp3/iPod desconfigurado. Música cuidadosamente escogida y agregada cuidadosa y laboriosamente durante meses, engrosando listas de reproducción al alcance de un dedo ágil, que desaparece en un instante. Pues ahora a El Caleño le toca soportar ese instante cruel e injusto en el que de vez en cuando se encuentran todos, mala fortuna. El día empezó bien para él, y eso tal vez fue una premonición que no supo descifrar, e incluso creyó, El Caleño, encontrar algo de tiempo libre para escribir algo en este blog. Se había mirado a sí mismo, El Caleño, y en algún lugar de su alma un sentimiento de culpa afloró, entonces tal vez escribir sobre lo rutinario y monótono que ha sido todo durante los últimos días, o quizá la conversación con MC. Tal vez decir que los atardeceres de su ciudad ahora tiñen el día de amarillo, como si se viera a través de las gafas grandes que usan los sheriffs gringos en las películas, como una lámpara cubierta de papelillo amarillo iluminara la penumbra de algún cuarto, o decir también que una ciudad caliente como esta ha encontrado su tono adecuado, cualquier cosa.

Decir que ahora El Caleño camina por un centro comercial del norte de su ciudad mientras habla con MC, que está en medio de un aguacero capitalino, y el día es amarillo, ya se dijo, como en una película gringa y tonta y de verano. Era todo un poco así hasta que su mp3 cae al piso y parte de su memoria, la del mp3, se borra y aquí lo tienen, a El Caleño, escogiendo de nuevo su música favorita, tratando de no repetirse, buscando variedad, soundtrack de viaje, sonidos para su ascensor. Presionar play al fin.

domingo, 2 de mayo de 2010

Decimocuarto día (pie de página)

Empieza mayo y regresa Rayuela. Como cada quinto mes desde hace seis años, conmemorando un aniversario más de la muerte de Viviana. Hace un año, casi, cuando se cumplían cinco y yo daba tumbos en otro diario de treinta entradas contaba un poco, escribía y explicaba quien era V, la dimensión que ella tenía en mí vida. Repito entonces.

Rayuela era su libro favorito, lo había leído un par de veces y estaba convencida de eso que Cortázar explicaba con lo de la piedrita que se empuja y se falla y se sigue intentando para que, cuando al fin se aprenden esos juegos, se entre a la “edad adulta” y las cosas cambien y los juegos serán otros, más complicados y menos divertidos. “Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, un piedrita y la punta de un zapato.” Existían otros libros, claro, pero de todos Rayuela era el preferido. El primero y el único, el que repetía, el de “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca” y el “Moralista Horacio temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas”, el de “Soy yo, soy él. Somos, pero soy yo, primeramente soy yo, defenderé ser yo hasta que no pueda más.” Leerlo entonces cada mayo como homenaje y tributo, creyendo absolutamente que la mejor forma de recordarla y seguirla queriendo es disfrutar a Cortázar tal y como ella lo hacía, dejando de lado llantos y visitas a cementerios. Aprender a patear la piedrita y que dé justo en el centro, después que todo sea el cielo.

Hoy arranca el ritual nuevamente, leyendo los capítulos en orden de imprenta, del uno al cincuenta y seis, obviando esta vez los capítulos prescindibles y tratando con cuidado un libro antiguo y trajinado (edición perfecta y negra, editorial Sudamericana, años sesenta y tosco dibujo de Rayuela en la portada) Acomodándolo con paciencia y esmero para que me acompañe, haciendo una pausa con el bueno de Henry James, en los viajes de MÍO por Cali, dándole olor a París y Buenos Aires, tardes de Cali con música de jazz y entonces V, ojos verdes, carta sin marcar, nariz de azúcar, espejo, juguete nuevo, la visita que hay que hacer. Otra vez.


jueves, 29 de abril de 2010

Día decimotercero (pie de página)

A veces dan ganas de escribir siempre. Quedarse sentado presionando tecla tras tecla, viendo una pantalla blanca llenándose de pequeñas hormigas negras Georgia tamaño 12, todas muy juntas doble espacio punto aparte y nuevo párrafo.

Seguir escribiendo, sin sentido, teclear una y otra vez como si se tratara de otro mantra, repetir, palabra tras palabra, dejar la vida aquí y allá, en papel blanco impreso y luego fotocopiado para que las letras queden un poco relieve, como si fuera Braille. Tocar esas letras y que te digan cosas, que no sólo te narren esa historia sino todo lo que pasaste por alto, todo lo que no se puede ver. Otras veces dan ganas de no escribir nunca más, de dejarse de lamentaciones mudas y digitadas, de ponerse los grilletes en pies y manos, recibir comida desde el otro lado de la puerta, pasar el tiempo contando los días y marcándolos en una pared, una línea tras otra, a doble espacio punto aparte y nuevo párrafo.

Y sí, hoy es un día de esos donde las ganas están pero el cuerpo no acompaña. Un cerebro que se ha vuelto perezoso e incapaz de variantes manejando unos dedos anquilosados, acostumbrados a redactar redacciones en salas de redacción a asir cigarrillos y sostener copas, nada complicado. El reto viene y asalta cuando hay más cosas detrás, cuando se necesita el Braille y el relieve, cuando se buscan explicaciones que no se ven pero se sienten un poco, se intuyen, así sean tan innecesarias como unas gafas o unas muletas en el interior de una piscina o tal vez todo no sea más que la búsqueda de un punto de apoyo, ganas de ver todo claro, así sea bajo el agua, abriendo bien los ojos, aguantando la respiración hasta que los pulmones cedan y no haga falta ya ver, ni buscar, ni sentir, quedarse flotando en el vacío a doble espacio punto aparte, nuevo párrafo si usted cree en la reencarnación.

Todo lo que se escribe en el mundo ya ha sido, todas las palabras se han dicho, todas las combinaciones de letras se han hecho, eso nos dijo Borges quizá repitiendo a otro, un mantra, y no puedo sentir más que pena por quien repita esto o por quien lo haya escrito primero, por ambos, por mí y por él. Repito, como sino, doble espacio punto final no más párrafos.

domingo, 25 de abril de 2010

Doceavo día (pie de página)

La última vez que esta especie de diario se paseó por aquí, estaba lleno de pies de página. Servían para imponer la tiranía de la primera persona, para en lugar de señalar de lejos mirar de frente, para aventurar explicaciones y pedir excusas. Pies de páginas que, como en un libro de Baudrillard o Bourdieu, remiten a otras partes, a otros mundos. Así entonces, entonces así, decir que a veces el día amanece nublado pero sin posibilidad de lluvia y de esta forma es esquiva la felicidad radiante de un cielo azul o del bebop frenético de gotas tocando un techo. En días así, grises y sin definirse es que se abre paso, campante, como si estuviera en su casa y nos ofreciera té y galletas, café y pandebono, esa nostalgia de gris del cincuenta por ciento. Y a mí siempre me llega de repente, de golpe, como un dique que acumula suficiente agua hasta que se rompe. Ya dije aquí que se extrañan las películas en la noche con N, las conversaciones en la oscuridad mientras ella se iba quedando dormida lentamente, las mañanas iguales. También se extraña el café de los jueves con MC, que ahora toma tinto en Bogotá, y también allí tantas cosas que decir, tantas veces que fue como un cable a tierra con su forma tan natural de regañarme, de hacerme entender las cosas. Nostalgia de L, de abrazarla y dejar que el tiempo pase así, en una banquita, fumándonos un cigarrillo. Recuerdos que abruman por días, a veces, que se van disipando después pero que no se olvidan, que vuelven cíclicos y constantes, reclamando su justo lugar, el día gris que deja ver el cielo azul de pronto o que de repente es todo gotas y lluvia. Todo de golpe.

jueves, 22 de abril de 2010

Ya no envían hombres a la luna

Ya no envían hombres a la luna, dijo ella mirando al cielo. Ya no envían hombres a la luna, parece que ya no queda nada más allá arriba. De que hablas, dijo él mientras encendía un nuevo cigarrillo. Estoy diciendo que desde que dejaron de competir contra los soviéticos, los gringos ya no mandan hombres a la luna. Ahora, cuando alguien quiere ver las estrellas tiene que mirar fijo hacia arriba y, a veces, eso cansa. De que estás hablando, repitió él mientras le daba una calada al cigarrillo. En estos momentos hay gente en la estación espacial, dijo él mientras miraba al cielo y exhalaba humo hacia la noche clara, hay muchos astronautas y cosmonautas dándole vueltas a la tierra, una y otra vez. Están flotando y miran por una pequeña ventanilla hacia la tierra y ven un planeta azul y también ven estrellas y ven de cerca a la luna, que es de queso, y hacen experimentos, comen comida deshidratada y, sobre todo, no pueden fumar. Está más que prohibido, y tras decir esto le sonrió.

Desde lejos ambos se veían recortados contra el paisaje, figuras de un teatro de sombras. Ocasionalmente, y con cada calada, brillaba en la noche un cigarrillo y era como una luciérnaga en el aire. Las luces de la ciudad refulgían abajo en el valle al que en estos momentos daban la espalda, negándolas. “Las únicas luces que me importan son las de tus ojos” había dicho ella al llegar y él no entendió mucho pero igual le había pasado las manos por el pelo, halándola un poco, sonriendo. De nuevo habló ella, le dijo. Es como una estrella, tu cigarrillo. Una estrella caprichosa que se apaga y se enciende y si lo lanzas va a ser como una estrella fugaz. Lánzalo y pidamos un deseo. Te voy a querer por siempre, dijo él mirándola. Yo, en cambio, sólo te puedo prometer que te voy a querer hasta que se extinga esa brasa. Pues entonces no lo voy a apagar nunca dijo él, al tiempo que sacaba de la cajetilla un cigarrillo y lo encendía con la colilla. Ya no te quedan muchos cigarrillos, ¿cuanto más crees que vas a retrasar esto? Nada es para siempre, no debiste decir que me ibas a querer por tanto tiempo. Ese cigarrillo que sostienes ahora y esa brasa que brilla allí es lo único que necesito, es ese instante el que se va a quedar gravado y este instante es todo lo que somos, todo lo que jamás vamos a tener, todo lo que nos queremos y nos quisimos y nos vamos a querer, pero cuando se apague las cosas van a ser diferentes y yo me voy a ver demasiado estúpida hablándote cuando sostienes una colilla apagada y humeante en tu mano. Mientras la escuchaba en silencio, el hombre sostenía en su mano un Lucky Strike que se iba extinguiendo de a poco, procuraba además no sacudir muy fuerte la ceniza, evitando un movimiento brusco que acabara con todo, y la mujer continuaba hablando, diciéndole lo que nadie quiere escuchar en una noche llena de estrellas. Encendió otro cigarrillo y esta vez fue él quien habló. Nos vemos como cualquier otra pareja que discute tonterías en la noche, dijo él. Se llevó el cigarrillo a la boca y aspiró fuerte una última bocanada, después cerró los ojos y pidió un deseo. En el aire la colilla parecía esa estrella fugaz recortada contra la noche clara, recorriendo el cielo, perdiéndose de la vista en dirección a su ciudad, repentinamente a oscuras. La miró entonces, le dijo. Ahora que ya no me quieres, que no me volverás a querer, te puedo preguntar algo. ¿Crees, de verdad crees, que va a cambiar algo, que te voy a dejar de querer y que ahora no vas a ser más que un recuerdo tibio en mis brazos? A vos no te tiene que importar que yo te siga queriendo. Te quiero y no importa. Es probable que no nos volvamos vamos a ver y vas a ser siempre para mí ese lunar en la mejilla, este cielo lleno de estrellas, una canción susurrada al oído. Van a haber otras, así como llegaste vos y, si las quiero de verdad, tampoco las voy a olvidar nunca. Te quiero y ese amor, ese único amor, es mío.

En el último año su país había estado atravesando por una prolongada sequía. Los ríos eran lechos de piedra y los racionamientos de energía eléctrica se habían popularizado entre la dirigencia política como un efectivo mecanismo de control. A veces, cuando cortaban el fluido eléctrico a la mitad de la noche, la gente de su ciudad salía a las calles y miraba hacia arriba, hacia ese cielo sin nubes, y contaba estrellas. Ese día, mientras los más pequeños miraban al cielo y a la luna imaginando películas de Méliès sin haberlas visto nunca, los cerros comenzaron a incendiarse. Iniciado como una pequeña llamarada en la cima, el fuego rápidamente se había extendido a los cerros contiguos consumiéndolo todo, iluminando la noche y alzando sus llamas al cielo como brazos suplicantes, extinguiéndose de a poco. A la mañana siguiente había caído sobre la ciudad la primera lluvia en mucho tiempo, gotas que se mezclaban con la ceniza negra que ahora flotaba en el aire. Lluvia negra cayendo sobre la ciudad y sus gentes. Tiñéndolo todo, todavía.

(Cuando escribí y subí esto dije que era la torpe y apresurada primera versión de algo que había hablado con alguien a quien quiero mucho. Ahora releo, y vuelvo a postear, y pienso que a veces es difícil no sentirse así, como en la cima de una montaña y lejos de todo, tratando de retrasar cosas inevitables, mintiéndonos que ese cigarrillo va a durar siempre y que no va a hacer falta otro nunca más, cuando al final no es más que una colilla que empieza a quemar entre los dedos. Otra vez.)